Prairial, año III (mayo de 1795)

Prairial, año III (mayo de 1795)

La represión del levantamiento de germinal y la persecución contra los militantes de las secciones no pudieron en realidad deshacer el movimiento parisiense; contribuyeron por el contrario, a excitar el espíritu de revolución. El 21 de germinal (10 de abril de 1795) la Convención decretó el desarme de aquellos “hombres conocidos en sus secciones por haber participado en los horrores cometidos bajo la tiranía”. Verdadera ley de sospechosos contra todos los que habían participado en el sistema del año II. En el Mediodía el desastre de los antiguos terroristas estimuló a los asesinos del Terror blanco, que alcanzó su apogeo en floreal y prairial. En París, aunque el número de los desarmados parecía corto (1.600 aproximadamente para el conjunto de las secciones), el desarme alcanzó a los militantes mejores del año II. Constituyó, según expresión de uno de ellos, “una deshonra política, una especie de mal físico”; llevar armas era uno de los valores esenciales en la ideología popular de la igualdad, el desarme implicaba la exclusión de la comunidad de los hombres libres y la pérdida de los derechos cívicos. Exasperó el espíritu de revolución entre los militantes populares.

El hambre de floreal llevó a las masas a la desesperación. A medida que la primavera avanzaba, el abastecimiento disminuía. La ración cotidiana, un cuarterón, el nivel más bajo antes de germinal, fue lo normal; el reparto estaba mal organizado; las amas de casa esperaban, a veces en vano a las puertas de las panaderías. En toda Francia las algaradas se generalizaron; en Normandía, a lo largo del Sena, los amotinados envalentonados atacaban a los convoyes con destino a la capital. El alza de precios continuaba mientras que la disminución de mercancías, especialmente de combustible, aumentaba el paro. En una población alimentada por bajo de lo normal desde hacía varios meses y que había agotado todos sus recursos, el hambre de floreal-prairial, año III, tuvo efectos catastróficos: hambre social que recaía principalmente en las clases populares. El Gobierno rehusaba establecer un racionamiento general y el dinero permitía subsistir a los ricos gracias al mercado libre. Hombres y mujeres caían de inanición en las calles, la mortalidad aumentó y los suicidios se multiplicaron.

“No se encuentra en las calles, dice el reaccionario ‘Messager du Soir’ el 8 de floreal (27 de abril), más que caras pálidas y descarnadas en las que están pintados el dolor, la fatiga, el hambre y la miseria”.

Al sentimiento de la compasión se unía en la mentalidad de quienes sentían algo el miedo a un hambre que indujese al pillaje, amenaza para la propiedad.

La cólera popular se mezclaba poco a poco con la deseperación. El hambre revalorizó el régimen del año II:

“Bajo el reinado de Robespierre corría la sangre, pero no carecíamos de pan, ahora que no corre la sangre carecemos de él; es preciso que corra para tenerlo”.

palabras terroristas con frecuencia citadas por la Policía. La Constitución de 1793 constituía más que nunca la tierra prometida.

“A esta promesa de democracia, escribe Levasseur de la Sarthe en sus Mémoires, se vinculaban todas las esperanzas del pueblo”.

La agitación de las secciones volvió a producirse en floreal. El 10 (29 de abril), la sección de Montreuil se declaró en estado de alerta e invitó a los demás que la imitasen, para deliberar sobre las subsistencias. El 11 (30 de abril) estalló un motin en la sección de Bonnet-de-la-Liberté. Los panfletos y los anuncios incendiarios pronto aparecieron. Inquieto el Gobierno, concentró en torno de París importantes fuerzas, guadándose mucho de hacerlas penetrar en la capital con el fin de evitar que se contagiasen del pueblo. En las asambleas de las secciones del 30 de floreal (19 de mayo), la agitación llegó a su punto culminante. Ese día el panfleto Insurrection du peuple pour obtenir du pain reconquérir ses droits dio la señal del levantamiento popular, dándole la consigna: Pan y Constitución de 1793.

El 1 de prairial, año III (20 de mayo de 1795) tocaron a rebato desde las cinco de la mañana en los distritos de Saint-Antoine y Saint-Marceau. Bien pronto se tocó a generala en todos los distritos del Este; las mujeres recorrían las calles, los talleres; los hombres cogen las armas. Hacia las diez de la mañana, los primeros grupos de mujeres marchan a toque de tambor hacia la Convención. La movilización de la guardia nacional fue más lenta. A principio del mediodía los batallones del distrito de Saint-Antoine se unieron a su vez, reforzando su número en el camino con batallones de diferentes secciones. También en ese momento, un grupo de mujeres acompañadas de algunos hombres intentaban invadir la sala de la Convención. Cuando hacia las tres los batallones aparecieron en el Carrousel, el impulso fue irresistible. La Convención quedó sumergida; el diputado Féraud asesinado y su cabeza izada en una pica. Se produjo un gran tumulto; en medio del cual un artillero, Duval, empezó a leer L’Insurrection du peuple, un programa de levantamiento. Pero los insurrectos no hicieron nada en absoluto para apoderarse de los comités de Gobierno, que tuvieron todo el tiempo a su disposición para preparar el contraataque, esperando que los diputados montañeses estuvieran comprometidos. Hacia las siete de la tarde volvieron de nuevo las deliberaciones; Duroy y Romme hicieron que se votase la permanencia de las secciones y la liberación de los patriotas encarcelados; Soubrany, la destitución del Comité de Seguridad Social y su reemplazo por medio de una comisión provisional. Eran las once y media de la noche. La guardia nacional de los distritos del Oeste fue lanzada contra la sala de la Convención; rechazó a los rebeldes, que bien pronto huyeron. Los catorce diputados comprometidos fueron arrestados.

El 2 de prairial, año III (21 de mayo de 1795), reapareció la insurrección en el arrabal de Saint-Antoine, mientras que reuniones ilegales se celebraban en las secciones populares. Un grupo se apoderó de la Maison Commune, mientras que los batallones del distrituo, aproximadamente hacia las tres de la tarde, marcharon una vez más hacia la Convención. La gendarmería sublevóse. Lo mismo que el 2 de junio de 1793, los artilleros populares, hacia las 7 de la tarde, apuntaban sus piezas de artillería hacia la Asamblea, con la mecha encendida. Los artilleros de las secciones moderadas se sublevaron a su vez. Legendre invitó a los diputados a que esperasen la muerte en sus bancos. Pero en lugar de aterrorizar a la guardia termidoriana, los rebeldes dudaron, mientras que los diez convencionales enviados por los comités del gobierno vinieron a parlamentar; los rebeldes se dejaron burlar con una falsa “fraternización”. Se admitió una diputación en la barra; su orador reiteró su proclama amenazadora, las exigencias de los sans-culottes, del pan y la Constitución de 1793; el presidente le dio un abrazo. Los batallones rebeldes volvieron a tomar el camino de sus secciones, dejando escapar su última oportundiad. “Nos ha fallado el golpe -dijo un rebelde-; se ha engañado al pueblo con los discursos”.

La ocupación militar del distrito de Saint-Antoine estaba preparada desde el 3 de prairial (22 de mayo). Tres mil hombres a caballlo entraron en París, reforzados al día siguiente por numerosos destacamentos. Con “los buenos ciudadanos” movilizados por medio de avisos personales, el Gobierno dispuso aproximadamente de 20.000 hombres, de los cuales Menou fue nombrado general en jefe. “París parece un campamento”, escribe Le Journal des Hommes Libres. Agotado, el distrito dormía, mientras las tropas gubernamentales lo rodeaban en la noche. El 4 de prairial, a la mañana, las bandas de la dorada juventud invadieron el distrito, pero tuvieron que hacer una retirada gloriosa. Los batallones de las tres secciones estaban en pie; los cañones, enfocados hacia la ciudad, sostenidos por las mujeres “que se habían agrupado en todos los rincones”, según el informe de un confidente de la Policía: “El pan es la base de su insurrección físicamente hablando, pero la Constitución de 1793 es el alma; en general, tienen un aspecto triste”. Sin jefes, casi sin cuadros, los rebeldes no estaban sostenidos más que por la desesperación. Hacia las cuatro de la tarde, las tropas recibieron la orden de avanzar. Invitado a entregar las armas, el distrito capituló sin combatir. A las ocho todo había terminado.

La represión se organizó rápidamente, desarrollándose en dos sentidos: el judicial y el de sección. A partir del 4 de prairial, el Comité de Seguridad General anunciaba que las prisiones estaban repletas.

La represión judicial se llevó a cabo por la comisión militar creada por la Convención el 4 de prairial. Juzgó a 149 hombres, absolviendo a 73, pero condenando a muerte a 36, 18 a prisión, 12 deportados y 7 a cadenas. Fueron condenados a muerte especialmente 18 de los 23 gendarmes que se habían pasado a la insurrección, cinco jefes de los insurrectos, entre los cuales se contaban Duval y Delorme, capitán de artilleros de la sección de Propincourt, hombres de valor y decisión, y seis diputados montañeses comprometidos con el pueblo el 1 de prairial. Estos últimos se apuñalaron a la salida del tribunal; Duquesnoy, Goujon y Romme cayeron muertos; Bourbotte, Doroy y Soubrany fueron rematados en la guillotina. Fueron los mártires de prairial.

La represión por secciones, a causa de sus consecuencias a largo plazo, fue aún más importante. El 4 de prairial, la Convención prescribía a las secciones parisinas que desarmasen y detuviesen en caso de necesidad a sus malos ciudadanos. Esta gran depuración de las secciones se desarrolló del 5 al 13 de prairial, haciendo aproximadamente unos 1.200 arrestos y 1.700 desarmes, especialmente insurrectos de prairial y sans-culottes militantes del año II, aunque fuesen ajenos a las insurrecciones del año III; también cayeron antiguos terroristas y jacobinos. El efecto psicológico y social fue considerable; el prolongado encarcelamiento de los hombres significaba para muchas familias un sacrificio total. De esta forma se destruyeron las dos fuerzas que amenazaron en cierto momento el régimen termidoriano.

Jornadas decisivas. Agotado, desorganizado, privado de sus jefes y de sus cuadros por causa de la represión, el movimiento popular vio alzarse frente a él a los republicanos, a los partidarios del Antiguo Régimen, al bloque de la burguesía apoyándose en el ejército. Su resorte, la acción popular, había sido destruido; la Revolución había terminado.

***

El fracaso de las insurrecciones populares de germinal y de prairial, año II, constituye, en último término, el episodio más dramático del conflicto de clases en el seno del antiguo Tercer Estado. La burguesía francesa tenía vara alta; quedaba excluido que el movimiento popular pudiese lograr sus propios fines. Lo mismo que los antagonismos entre el Gobierno revolucionario y el movimiento popular habían arruinado el régimen del año II, la oposición fundamental entre la Revolución burguesa y el movimiento popular llevaba a éste a su ruina, tanto más cuanto que sus contradicciones internas le hacía degenerar.

La sans-culotterie no consitituía una clase, ni el movimiento popular un partido de clase. Artesanos y comerciantes, cuadrilleros y jornaleros, formaron una minoría burguesa, una coalición que desplegó contra la aristocracia una fuerza irresistible. Pero en lo profundo de esta misma coalición, la oposición se afirmó entre aquellos que, artesanos y comerciantes, vivían del beneficio que sacaban de la propiedad de los medios de producción y aquellos que, cuadrilleros o jornaleros, no diponían más que de un salario. Las necesidades de la lucha revolucionaria habían soldado la unidad de la sans-culotterie y situado en un segundo plano los conflictos de intereses que ponían en peligro los diversos elementos; desde luego, no suprimió los conflictos. Agreguemos a esto los esquemas de una mentalidad social que complicaba aún más el juego de las oposiciones. Las contradicciones de la sans-culotterie no se identificaban exactamente con las que se conciben entre propietarios y productores de una parte y asalariados de otra. Entre estos últimos, los empleados, maestros y artistas se consideraban, según su forma de vida, como burgueses y no se confundían con el bajo pueblo , aunque estuviesen de acuerdo con la causa.

A los sans-culottes les faltaba la conciencia de clase, ya que su reclutamiento social era heterogéneo. Si se mostraban generalmente hostiles al capitalismo naciente, no era por los mismos motivos. El artesano lamentaba convertirse en un asalariado; el cuadrillero detestaba al acaparador que le encarecía la vida. Loa asalariados no poseían ninguna conciencia social propia; su mentalidad estaba estructurada por el artesanado. La concentración capitalista no se había despertado todavía en el sentido de la solidaridad de clase. No se puede negar, sin embargo, que entre los sans-culottes asalariados había un cierto sentido de unidad, que subrayaban no sólo sus ocupaciones manuales y su categoría en la producción sino también su forma de vestir y su género de vida. La falta de instrucción, también engendraba en el elemento popular un sentido de inferioridad y a veces de impotencia; cuando los hombres de talento de la burguesía media jacobina faltaron, la sans-culotterie parisina estuvo perdida.

Un partido disciplinado, que se fundase en un reclutamiento de clase y en una depuración severa, fue un instrumento de la lucha política que faltó siempre a los desarrapados parisinos a pesar de algunas tímidas tentativas de coordinación. Si hubo numerosos militantes que hicieron algunos esfuerzos para disciplinar el movimiento popular, numerosos fueron también los que no tuvieron sentido alguno de la disciplina social y de la política. En cuanto a la masa propiamente dicha, aparte del odio hacia la aristocracia, no podía poseer un sentido político excesivo. Las condiciones económicas y sociales de la época dan idea de ello. Esperaban confusamente las ventajas de la Revolución. Reclamaron el máximum para mantener su nivel de vida. Prescindieron y se alejaron del Gobierno revolucionario cuando volvió a la economía dirigida con fines de defensa nacional, sin ver que la caída del Gobierno revolucionario llevaría a la ruina a la sans-culotterie. El proceso histórico llevaba en su propia dialéctica la generación del movimiento popular. Cinco años de luchas revolucionarias constantes le hicieron perder a la larga su garra y su vigor, mientras la gran esperanza, siempre diferida, desmovilizaba poco a poco a las masas. “El pueblo se cansa”, había obervado Robespierre. Y los desarrapados de los arrabales de Saint-Marceau y de Saint-Jacques, el 27 de ventoso, año III (17 de marzo de 1795), decían: “Estamos en vísperas de lamentar todos los sacrificios que hemos hecho por la Revolución”. Mes a mes el esfuerzo de la guerra había debilitado a los desarrapados, agotados por la leva de hombres, precisamente los más jóvenes, los más combativos, los más conscientes y también los más entusiastas, para quienes la defensa de la nueva patria constituía el primer deber revolucionario. A partir del año II, los batallones de las secciones parisinas estaban compuestos en una buena parte de hombres de más de cincuenta e incluso sesenta años. Este envejecimiento del movimiento popular trajo consigo consecuencias irremediables para el ardor combativo de las masas.

No se puede, sin embargo, establecer un cálculo puramente negativo del movimiento popular que zozobró en la represión de prairial, año III. A partir de julio de 1789, incluso después del 10 agosto de 1792, contribuyó a que avanzase la historia por la ayuda decisiva aportada a la revolución burguesa. Desde 1789 al año III los desarrapados parisienses constituyeron el elemento eficaz de la lucha revolucionaria y de la defensa nacional. El movimiento popular permitió en 1793 que se instaurase el Gobierno revolucionario y, por tanto,la derrota de la contrarrevolución en el interior y de la coalición en el exterior. Su triunfo, durante el verano de 1793, llevó consigo la actualización del Terror que había abandonado el terreno, instaurándose nuevas relaciones sociales.

La derrota de prairial, año III, al eliminar por bastante tiempo al pueblo de la escena política y arruinando la esperanza popular de una democracia social igualitaria, permitía ligar con el Ochenta y nueve y la obra de los constituyentes, tomando como base la libertad económica y el régimen censatario nuevamente actualizados. El reino burgués de los notables empezaba.