Moderados, jacobinos y desarrapados (agosto-octubre de 1794)
La reacción política afirmóse rápidamente, a pesar de los esfuerzos de los antiguos terroristas denunciados el 9 de fructidor (26 de agosto de 1794) por Méhée de la Touche, en un violento panfleto: La Queue de Robespierre. Atacados el 12 de fructidor (29 de agosto) por Lecointre, por haber participado en la tiranía, Barère, Billaud-Varenne y Collt d’Herbois presentaron su dimisión al Comité de Salud Pública. En un mes, el equipo gubernamental del año II había sido eliminado.
En la Convención, la Montaña perdió toda su influencia; ya sólo es Creta, y las filas de los cretenses iban reduciéndose, poco a poco, por una serie de deserciones. La Llanura fue quien se llevó la mayoría centro, aumentada con los terroristas arrepentidos, así como los montañeses disidentes; Cambacérès y Merlin de Douai ocupaban un puesto importante. En cuanto a su orientación social, los hombres de la Llanura no dejaron lugar a dudas. Adversarios de la economía dirigida, también lo eran de la democracia social. Pertenecientes a la burguesía, querían devolverle su preeminencia, restablecer la jerarquía social, situar al pueblo de nuevo en la subordinación. Cuando Fayau, uno de los cretenses, propuso el 27 de fructidor (13 de septiembre de 1794) nuevas modalidades para la venta de los bienes nacionales, que hubieran favorecido a “los republicanos no propietarios o a los pequeños propietarios”, Lozeau, diputado por la Charente-Inférieure, le replicó:
“Que en una República compuesta de veinticuatro millones de hombres, es imposible que todos sean agricultores; que es imposible que la mayoría de la nación sea propietaria, ya que en esta hipótesis, teniendo cada uno obligatoriamente que cultivar su campo o su vida para vivir, el comercio, las artes y la industria quedarían muy pronto abandonados”.
Los termidorianos rechazaron el ideal popular de una nación de pequeños productores independientes. No obstante, estando firmemente vinculados a la Revolución, los hombres de la Llanura creían defender la República: el 25 de brumario, año III (15 de noviembre de 1794), mantuvieron, codificándolas, las penas impuestas contra los emigrados. Pero lo mismo que en 1793, la decisión escapó a la Convención: esta decisión fue impuesta desde fuera.
En París, desde termidor, año II, a brumario, año III (agosto-octubre de 1794), durante una serie de luchas políticas confusas, se enfrentaron tres tendencias políticas en un conflicto triangular. Los moderados querían restablecer la preponderancia de las gentes honradas, es decir, de la burguesía acomodada, como en 1791. Los “neo-hebertistas”, agrupados en el Club electoral y que dominaban la sección del Muséum, representaban las tendencias populares hostiles al Gobierno revolucionario; pedían que se devolviese a París el derecho de elegir el municipio, la aplicación de la Constitución democrática de 1793. Los jacobinos continuaban siendo partidarios del mantenimiento, mientras durase la guerra, de la concentración gubernamental y de los medios represivos del año II.
La campaña del Club electoral, al dividir las fuerzas populares aislando a los jacobinos, favorecía los progresos de la reacción. Unidos a los moderados por su pasión antiterrorista y antirrobespierrista, los “neo-hebertistas” contribuyeron a que se empezase una evolución, de la cual pronto tuvieron que lamentar los resultados.Organizado después del 9 de termidor, el Club electoral, animado por hombres como el antiguo “hebertista” Legray o el avanzado Varlet, emprendió una campaña contra el sistema del año II, sostenido por Le Journal de la liberté de la presse, de Babeuf: “El 10 de termidor marca el nuevo período desde el cual trabajamos para que renazca la libertad”, escribe el 19 de fructidor (5 de septiembre de 1794), sin ver el conflicto social que sostenía las luchas políticas. En su número del 1 de vendimiario, año III (22 de septiembre de 1794), Babeuf no distinguía más que dos partidos en Francia:
“Uno, en favor del mantenimiento del Gobierno de Robespierre; otro, para restablecer un Gobierno apuntalado exclusivamente sobre los derechos eternos del hombre”.
Si no hubo acuerdo entre Babeuf, el Club electoral y los reaccionarios moderados, como dice Georges Lefebvre, es seguro que aquél contribuyó al éxito de estos últimos: Babeuf reconocía esto en su Tribune du peuple, de 28 de frimario (18 de diciembre de 1794).
La resistencia jacobina afirmóse en la nueva sociedad abierta por Legendre, desde el 11 de termidor (29 de julio de 1794), y de la que fueron excluidos los terroristas tránsfugas, Fréron, Lecointre, Tallien, a petición de Carrier, el 17 de fructidor (3 de septiembre). Mantenidos por Le Journal Universel, de Audouin, y por L’Ami du peuple, de Chasles y Lebois, los jacobinos reclamaron el retorno al sistema del Terror: “reducir a la nada a los aristócratas que osasen descollar”. El 19 de fructidor (5 de septiembre), el Club elaboró un programa adoptando la petición de los jacobinos de Dijon: para aplicar la ley de sospechosos, para una nueva deliberación sobre el decreto relativo a la cuestión intencional, para excluir a los nobles y a los sacerdotes de todas las funciones públicas, para restringir, por último, la libertad de prensa. Se adhirieron a la petición de los jacobinos de Dijon ocho secciones parisienses. El mes de fructidor se señaló por un verdadero empuje jacobino, que culminó el quinto día sans-culottide, año II (21 de septiembre), con el traslado de los restos de Marat al Panthéon. Lindet había hecho adoptar a la Convención, el cuarto sans-culottide (20 de septiembre), un programa de compromiso, prometiendo protección a los antiguos terroristas, pero negándose a continuar la represión revolucionaria, condenando a aquellos que soñaban con el “igualamiento de las fortunas”, y prometiendo devolver al comercio su libertad de acción. Este informe fue muy criticado por la mayoría jacobina de una decena de secciones parisienses, el 10 de vendimiario, año III (1 de octubre de 1794). Esta agitación seccionaria de inspiración jacobina inquietó a la mayoría convencional que se dejó arrastrar por la reacción. Los dos movimientos que buscaban el apoyo popular se anularon al oponerse mutuamente: la victoria continúa estando de parte de los moderados.
La ofensiva de los moderados arrastró a una coalición heteróclita de todos los adversarios de derechas del sistema del año II, y de los jacobinos en especial: burgueses, conservadores, monárquicos, constitucionales, partidarios, más o menos declarados del Antiguo Régimen. Su programa era puramente negativo: vengarse de los terroristas, reducir a los sans-culottes a la obediencia, impedir el retorno a la democracia política y social. Disponían de dos medios de acción: la prensa y, aun más todavía, los grupos de la dorada juventud.
La prensa reaccionaria era quien los arrastraba ahora, ya que disponía de abundantes recursos, una vez que los periódicos jacobinos habían sido privados de los subsidios gubernamentales. Según uno de ellos, Lecretelle el joven, del Républicain français, los periodistas de derechas formaron un comité con el fin de elaborar en común su táctica contrarrevolucionaria; se trataba de “hacer retroceder en el camino a la Convención, después de dos años mortales de una carrera de anarquía”. Se contaba entre ellos Dussault, de La Correspondance politique; los hermanos Bertin, de los Débats, y Langlois, del Messager du soir. Fréron volvió el 23 de fructidor (11 de septiembre de 1794), a su Orateur du peuple, mientras que Tallien lanzaba L’Ami du citoyen, el 1 de brumario, año III (22 de octubre). Una multitud de panfletos atacaban a los jacobinos: Les Jacobins démasqués, por fin en fructidor, y Les Jacobins hors la loi, en vendimiario. El arma general era la injuria y la denuncia, la calumnia y el chantaje, contra los bebedores de sangre, los anarquistas, los exclusivos. El aspecto social de esas campañas de prensa estaba subrayado por los ataques contra Cambon, el “verdugo de los rentistas”, el “Robespierre de las propiedades”, o contra Lindet, nombrado en el año II para la dirección de la Economía. Las gentes honradas, es decir, los sobresalientes por la riqueza, no podían perdonarles.
Las bandas de los jóvenes constituyeron, desde finales de fructidor, el medio de acción esencial de la reacción. Fueron organizadas por los terroristas tránsfugas, Fréron -se les llamaba la juventud dorada de Fréron -, Tallien, Merlin de Thionville. Se reclutaban entre la juventud burguesa, la curia, encargados de Banco y mancebos de botica, reforzados con los emboscados, los insurrectos y los desertores.
“Eramos todos, o casi todos, quintos insurrectos, escribe uno de ellos, Duval, en sus “Souvenirs thermidoriens”: se decía que serviríamos de modo más útil a la causa pública en las calles de París, que en el ejército de Sambre-et-Meuse”.
Los jóvenes eran reconocibles por sus coletas y el cuello cuadrado de sus trajes; armados de estacas, se reunían al grito de ¡Abajo los jacobinos! ¡Viva la Convención!, o bien con la canción de Réveil du peuple, cuyo estribillo era “No se nos escaparán”. Los jóvenes, a quienes sus adversarios llamaban currutacos, provocaron los primeros altercados a finales del fructidor, en el Palais-Egalité o en el café de Chartres, que constitutían su cuartel general, para atacar a los jacobinos o a gentes reputadas como tales. Con la complicidad del Comité de Seguridad General y de los comités de vigilancia depurados, la juventud dorada se echó pronto a la calle. La presión de la reacción burguesa sobre la Convención fue tanto más insidiosa cuanto que se erigía en defensora de la representación nacional. Pronto ganó la mano a la mayoría dudosa de la Asamblea, arrastrándola más lejos de lo que hubiera querido.










