La crisis política: la imposible conciliación (julio de 1794)

La crisis política: la imposible conciliación (julio de 1794)

La crisis política, en julio de 1794, presentó aspectos múltiples. Mientras la dictadura jacobina se concentraba y se reforzaba en las manos del Gobierno revolucionario, su base social se estrechaba sin cesar en París, y su base política en la Convención. La división de los dos Comités de gobierno y la desunión en el Comité de Salud Pública acabaron de provocar la crisis.

En París, y en el conjunto del país, la opinión se cansaba del Terror, mientras que el movimiento popular se alejaba del Gobierno revolucionario.

El cansancio del Terror era aún mayor, en cuanto que la victoria parecía no exigir represión alguna. La burguesía de los negocios soportaba de mal grado el control del Gobierno en la economía; quería que se llegase cuanto antes a la libertad total de producción y de intercambio que le había otorgado la Revolución de 1789. Lamentaba también que no se hubiese prestado bastante atención a su derecho de propiedad. La aplicación de los decretos de ventoso, largo tiempo frenados, parecía que debía impulsarse; las Comisiones populares fueron creadas para espigar a los sospechosos. El Comité de Salud Pública se había esforzado en regular el Terror, haciendo volver a los grandes terroristas a su misión y restableciendo la centralización judicial y represiva por la ley de 22 de prairial. Pero la aplicación de la ley se le escapó: El Comité de Seguridad General falseó la aplicación, amalgamó las causas más diversas para condenar a los acusados por hornadas, tomando por pretexto las conspiraciones de las prisiones, para acelerar la represión. La náusea del cadalso se agregaba a las dificultades económicas enfrentando al Gobierno revolucionario con una gran parte de la opinión pública.

El movimiento popular, a partir del drama germinal, fue, poco a poco, desvinculándose del Gobierno revolucionario. Durante la primavera de 1794, bajo la falsa apariencia de las manifestaciones de lealtad hacia la Convención y los Comités del gobierno, se comprobó que había una degeneración irremediable de la vida política de las secciones, una falta de amor de la sans-culotterie parisina con relación al régimen. “La Revolución está congelada”, dice Saint-Just. Las razones fueron de orden, a la vez político y social.

En el plano político, las Asambleas generales de sección fueron cercenadas. Las elecciones de los magistrados municipales y seccionarios quedaron suprimidas. Los desarrapados las consideraban una manifestación esencial de sus derechos políticos. Se siguió una represión larvada contra los militantes acusados de hebertismo: palabra fácil que permitía alcanzar los cuadros de las reuniones hostiles a la centralización jacobina que continuaban vinculados al sistema de la democracia popular. Algunas tentativas de agitación en las secciones, que bien pronto fueron reprimidas, manifestaron la persistencia de la oposición popular. En floreal, la sección de Marat volvió a lanzar el culto del Amigo del pueblo; pero el 3 de prairial (22 de mayo de 1794), los Comités de gobierno prohibieron las fiestas “parciales”. A finales de mesidor, en la mayoría de las secciones campesinas se celebraron banquetes fraternales que pronto fueron denunciados y condenados.

En el terreno social, la nueva orientación de la política económica no agradaba a los consumidores populares. La Comuna, depurada y dirigida ahora por el robespierrista Payan, rehabilitaba el comercio: “¿Qué han producido los griteríos, sin cesar renovados, contra las sanguijuelas del pueblo…, contra los comerciantes?”, pregunta el 9 de mesidor (27 de junio de 1794). Las mercancías de primera necesidad estaban tasadas, pero el Gobierno no las requisaba; se contentaba con proporcionar pan, cuya distribución incumbía a las autoridades municipales. Precisando que nada se interponía ahora a que los particulares hiciesen venir las mercancías de fuera, ordenando que se arrestase a aquellos que pusiesen trabas al comercio, la Comuna de París favorecía el mercado clandestino y arruinó los impuestos. Halagaba de esta forma a los productores y artesanos, pero en detrimento de las capas más pobres de los desarrapados, trabajadores y asalariados, a los que por otra parte impedía todo acto de reivindicación. A partir de floreal, la subida de los precios de las subsistencias, inmediata a la publicación del nuevo máximum y al relajamiento del control, suscitó la agitación obrera para un aumento de salarios que atañía a los diversos gremios. Fue brutalmente reprimida por la Comuna, al aplicar la ley de Le Chapelier. La publicación del máximum parisino de los salarios, el 5 de termidor (23 de julio de 1794), fue el coronamiento de esta política restrictiva. Este máximum, aplicando estrictamente la ley de 29 de septiembre de 1793, imponía a los trabajadores una baja de salarios a veces considerable; un picapedrero de las canteras de Panthéon, que ganaba 5 libras en ventoso, no recibía más de 3 libras, 32 céntimos. El descontento obrero estalló en el preciso momento en que las autoridades robespierristas de la Comuna de París habrían tenido necesidad del apoyo confiado de las masas populares.

En la Convención, la oposición se había reagrupado en torno a los representantes llamados de sus misiones, a los terroristas inexorables, que en particular, se consideraban amenazados: Carrier, Fouché y, sobre todo, los prevaricadores Barras, Fréron, Tallien. La facción de los corrompidos se había reformado. Se apoyó en los nuevos Indulgentes que sacaban partido de la victoria para pedir el fin del Terror, y sobre el estado llano que no había aceptado al Gobierno revolucionario más que como un expediente temporal. No teniendo que temer una nueva jornada revolucionaria ahora que el movimiento popular había sido domesticado, ¿qué razón podía haber para que la Convención soportase por más tiempo la tutela de los Comités? Entre la Convención, impaciente por el yugo, y la sans-culotterie parisiense, irreductiblemente hostil, el Gobierno revolucionario estaba suspendido en el vacío.

Los Comités del Gobierno, dividiéndose, terminaron por perderse.
El Comité de Seguridad general, que tenía la dirección de la represión, soportaba de mal grado las usurpaciones del Comité de Salud Pública, especialmente la actividad de su Oficina de Policía. Constituido por hombres inexorables como Amar, Vadier, Voulland, cuyo estado de espíritu se aproximaba al extremismo, querían prolongar el Terror, del cual dependía su autoridad. Eran ateos, y el decreto de descristianización, el culto al Ser supremo, eran para ellos preocupaciones de tipo secundario. Salvo David y Lebas, eran especialmente hostiles a Robespierre, tanto por razones personales como de principio.

El Comité de Salud Pública hubiera neutralizado fácilmente esta oposición si hubiese permanecido unido. Pero la división se insinuó en el gran Comité. Robespierre, por sus brillantes servicios, se había convertido en el verdadero jefe del Gobierno, a ojos de la Francia revolucionaria. Por tanto, no tenía contemplaciones con las susceptibilidades de sus colegas. Severo para los demás como para sí mismo, se vinculaba poco a los demás, manteniendo con la mayoría una reserva distante que podría parecer cálculo o ambición. Esta acusación lanzada ya contra el Incorruptible por los girondinos, después por los franciscanos, fue nuevamente hecha en el Comité mismo por Carnot y por Billaud-Varenne, que declaró en la Convención el 1 de floreal, año II (20 de abril de 1794):

”Todo pueblo celoso de su libertad debe tener cuidado incluso de las virtudes de los hombres que ocupan puestos importantes”.

Además de las oposiciones temperamentales, de los conflictos de competencia (Carnot tuvo violentos altercados con Saint-Just, irritándose por las críticas de Robespierre y de Saint-Just, respecto de sus planes militares), se añadía la divergencia de las orientaciones sociales. Carnot, como Lindet, hombres de la Llanura, vinculados a la Montaña, eran burgueses conservadores; soportaban mal la dirección de la economía y no gustaban de la democracia social. Billaud-Varenne y Collot d´Herbois tendían hacia el extremo opuesto. Irritado, agriado por las maniobras torcidas del Comité de Seguridad General, donde Vadier empezó a ridiculizar el culto del Ser supremo, a propósito de Catherine Théot, una anciana señora que pretendía ser “la madre de Dios”, Robespierre dejó de acudir al Comité hacia mediados de mesidor. Su retirada favoreció a sus adversarios.

La tentativa de reconciliación de ambos Comités de gobierno reunidos en sesión plenaria los días 4 y 5 de termidor, año II (22 y 23 de julio de 1794), fracasó. Los miembros de los Comités se habían dado cuenta de que si el acuerdo no se restablecía, el Gobierno revolucionario no podría mantenerse y resistir la ofensiva de los corrompidos y de los nuevos Indulgentes. Pero si Saint-Just y Couthon se prestaron a la conciliación, Robespierre rehusó, queriendo romper definitivamente la alianza entre sus adversarios de la Montaña y de la Llanura, que hasta entonces le había sostenido.