El hundimiento del asignado y sus consecuencias
El hundimiento del asignado fue la consecuencia inmediata del abandono del máximum. El alza de precios fue vertiginosa, la especulación sobre las mercancías de primera necesidad se desarrolló de modo monstruoso; el papel-moneda perdió todo valor, el cambio se hundió. El asignado, que había subido a un 50 por 100 de su valor nominal en diciembre de 1793, había descendido a un 31 por 100 en termidor, año II (julio de 1794). La ampliación del máximum le hizo bajar un 20 por 100 en frimario, año III (diciembre de 1794); en germinal (abril de 1795), estaba en un 8 por 100; en termidor (julio), en un 3 por 100. El alza de precios condenó al Estado a una inflación masiva, tanto más cuanto que los impuestos se percibían mal o en asignados desvalorizados. La masa de asignados crecía a causa de las continuas emisiones; llegó a los diez mil millones en diciembre de 1794, de éstos ocho estaban en circulación; de pluvioso a prairial (enero-mayo de 1795), se emitieron siete mil millones, llegando la circulación a más de once mil millones. Los campesinos y los comerciantes rehusaban los asignados, no aceptando más que el numerario. Que no se aceptase el asignado multiplicó la depreciación; así, de noviembre de 1794 a mayo de 1795 la circulación no aumentó más que a 42,5 por 100; el asignado perdió el 68 por 100 de su valor. Las 100 libras-papel pasaron de 24 a 7,5 libras valor numerario.
El alza de los precios de las mercancías de primera necesidad variaba de un departamento a otro. De manera general fue más importante de lo que se hubiera podido sospechar la depreciación del papel-moneda con relación al valor numerario. En marzo-abril de 1795 el indice del asignado era de 581, cuando el índice general de precios alcanzaba 758 con relación a 1790 y sólo los productos alimenticios 819.
La penuria multiplcó aún más las consecuencias desastrosas del alza de precios. A pesar de la prórroga de las requisas hasta el 1 de mesidor (19 de junio de 1795), los campesinos no abastecían ya los mercados, por miedo de que se les pagase en asignados, tanto más cuanto que estaban autorizados a vender directamente a los agentes de la Comisión de Aprovisionamiento para los ejércitos o a los negociantes que abastecían a los tenderos. Se volvió a las medidas coactivas; los distritos instalaron guardias nacionales en los pueblos hasta que se hubiesen entregado las cantidades de granos necesarias. Pero al llegar la primavera, la cosecha insuficiente hizo estos procedimientos inútiles. En vano el Gobierno quiso comprar en el extranjero. La penuria del Tesoro le obligó a recurrir, salvo para París y los ejércitos, a los capitales privados, lo que acentuó más aún la preponderancia de la alta burguesía comerciante. Las importaciones del extranjero no se lograron hasta mayo de 1795. En el Mediodía, siempre deficitario, la situación era desastrosa desde el principio del invierno. En Orleáns ocurría lo mismo, en todo el desfiladero de Beauce, desde principios de primavera. Mientras la ración disminuía, el precio aumentaba. En Verdún, la ración de una libra para los obreros desde el verano de 1794, de tres cuartos para el resto de la población, quedó reducida a la mitad a principios de la primavera de 1795, mientras que el precio se elevaba en 20 céntimos la libra. Aunque las municipalidades volvieron a la reglamentación, reuniendo los granos y racionando su distribución y poniendo la tasa del pan por debajo del precio de coste, no lograron aliviar los sufrimientos de las clases populares, tanto más insoportables al compararlos con el lujo que exhibían los nuevos ricos.
Las consecuencias sociales del hundimiento del asignado fueron muy diversas según diferentes categorías. Las clases populares caían en la desesperación (el invierno del año III fue extremadamente riguroso, añadiendo mayores desgracias a los pobres), mientras que la burguesía del Antiguo Régimen vivía de sus rentas. Los acreedores pagados en asignados quedaban arruinados, deudores y especuladores se enriquecían con rapidez. Verdaderos aventureros,que la inflación y el tráfico con los bienes nacionales,así como con las provisiones de guerra, elevaban a los primeros puestos de la sociedad e inyectaban sangre a la antigua burguesía. Se reclutaron en sus filas muchos hombres de negocios que fueron los iniciadores de la producción capitalista en la época del directorio o napoleónica. La inflación completaba la revolución social.
En París, bajo la doble acción de la penuria de las mercancías y la desconfianza respecto del asignado, los precios de las subsistencias y de los combustibles sufrieron una vertiginosa subida. La libra de buey, tasada en las Halles 34 céntimos el 16 de nivoso (26 de diciembre de 1794), alcanzaba las 7 libras, 10 sueldos, el 12 germinal (1 de abril de 1795); de 580, en enero de 1795, sobre la base de 100 para 1790. El índice parisiense de precios sobre la vida ascendía de 720 en marzo a 900 en abril. El movimiento de salarios y de rentas multiplicaban las consecuencias sociales del alza de precios. No perjudicaban en absoluto a la alta burguesía de los negocios y de la industria, los nuevos ricos de la inflación, que se abastecían en el mercado libre. Pero la masa de población parisiense veía que su poder de adquisición disminuía según aumentaba el encarecimiento: asalariados y empleados, artesanos y comerciantes, pequeños rentistas. El paro alcanzó una extensión considerable como consecuencia de la penuria de las materias primas y del cierre de las fábricas de armas, y de 5.400 obreros bajó a 1.146. La desesperación se adueñaba de los medios populares, a los que diezmaba la muerte. El frío multiplicó las desastrosas consecuencias de la subalimentación. El invierno del año III conoció temperaturas que podían contarse entre las más bajas del siglo XVIII: -10° a principios de 1795, -15° el 23 de enero. La mortalidad aumentó. A finales del invierno, las raciones de pan y de carne que proporcionaba la Agencia de Subsistencias y que constituían la base de la alimentación popular fueron brutalmente reducidas. Como consecuencia de la insuficiencia de las cantidades adquiridas y también de la penuria de los transpotes, las reservas de granos para el abastecimiento de París habían disminuido poco a poco. El 25 de ventoso (15 de marzo), la ración de pan, “único alimento de los pobres”, quedó reducida a una libra, salvo para los trabajadores manuales, que recibían una libra y media. Incluso en bastantes secciones como en la del Jardin-des-Plantes, los panaderos no pudieron dar pan a todas las cartillas de abastecimiento. En la sección de Gravilliers, el 7 de germinal (27 de marzo), la ración fue de media libra, y de un cuarterón en la de la Fidelidad, el 10 (30 de marzo).
En los primeros días de germinal, año III, la desesperación popular se transformó en cólera, después en revolución. El 20 de ventoso (10 de marzo), el Comité de Salud Pública decía: “Si nos falta el pan un día no podremos resistir las consecuencias”. En vano se multiplicaron las medidas de ocasión. El 7 de germinal (27 de marzo) se prescribió que se distribuyesen ocho onzas de arroz por cada media libra de pan, pero muchas amas de casa no pudieron cocerlo por falta de combustible. Atenazados por el hambre, los sans-culottes se pusieron en movimiento. El 8 de nivoso (28 de diciembre) un informe de Policía daba cuenta del incremento de la cólera popular: “la clase indigente proporciona inquietudes a las gentes honradas, que temen las consecuencias por esta carestía excesiva”. Desde finales de ventoso, el conflicto parecía inevitable. Los mismos comités se prepararon; multiplicaron los arrestos de jacobinos y de sans-culottes, armando a los buenos ciudadanos y concediendo toda clase de licencias a la dorada juventud, Frente al movimiento popular, nuevamente impusado por el hambre, la reacción burguesa se unía.










