Antiguos y nuevos ricos. Las preciosas y los pisaverdes
La reacción moral acompañó a la reacción política y social. En el año II el pueblo, considerado como el detentador natural de las virtudes republicanas, había sido ensalzado; ahora se le despreciaba. Según Jullian, uno de los jefes de la dorada juventud, en sus Souvenirs, las gentes del pueblo son “muy estimables sin duda cuando honran su estado por medio de virtudes privadas”; pero no han de ocuparse de los asuntos públicos. Su “simplicidad” se convierte en grosería. Ser desarrapado se consideraba en prairial motivo suficiente de arresto. El lujo, estigmatizado en el año II, quedó rehabilitado. A la austeridad republicana sucedió, en las clases acomodadas, que durante un cierto tiempo habían estado constreñidas, un frenesí de placeres:
“Las gracias y las risas que el Terror había hecho huir volvían a París, escribe el 2 de frimario (22 de noviembre de 1794), ’Le Mesasger du soir’, órgano de la burguesía que se divierte; nuestras bellas mujeres con peluca rubia son adorables; los conciertos, tanto públicos como sociales, deliciosos… Los sanguinarios, los Billaud, los Collot y la banda de fanáticos califican a este giro de opinión la contrarevolución ”.
La moda desterraba ahora el traje de los desarrapados: el pantalon, la blusa y, sobre todo, los cabellos lisos y el gorro rojo. Los jóvenes burgueses se caracterizaban por sus extravagantes vestimentas, que Cambon definía, el 8 de nivoso (28 de diciembre de 1794), diciendo: “Hombres antaño cubiertos de harapos, para parecerse a los sans-culottes, afectan ahora un aire y un lenguaje tan ridículo como el de antes”.
El baile hacía furor; se abrían por todas partes, incluso en Carmes, que había conocido los asesinatos de septiembre, o en el antiguo cementerio de Saint-Sulpice. A los bailes de las víctimas sólo se admitían a aquellos que habían perdido a alguien en el cadalso; se exhibían peinados a la Titus, la nuca afeitada como para el verdugo, un hilo de seda roja en torno al cuello. Quedó prohibido el tuteo; el monsierur y madame reaparecieron, reemplazando a ciudadano y ciudadana.
La vida mundana crecía nuevamente en los salones. La Cabarrús, Mme. Tallien, desde el 6 de nivoso (26 de dicembre de 1794), “Notre-Dame-de-Thermidor” para sus admiradores, instalada en su Chaumière de Cours-la-Reine, daba el tono a las preciosas, lanzando la moda de la túnica griega corta y medio transparente. Mme. Hamellin y Mme. Récamier, pronto se hicieron célebres. Financieros, banqueros, proveedores, estraperlistas, asustados por el terror, volvían a ocupar el primer lugar mientras que los nobles, los grandes burgueses y bien pronto los emigrados que habían vuelto renovaban la tradición mundana del Antiguo Régimen. De este modo empezó a formarse la nueva burguesía, por la fusión de las antiguas clases dirigentes y de los hombres enriquecidos en la especulación con el asignado, los bienes nacionales y las industrias de guerra. Un mundo muy mezclado en donde las actrices de moda como la Contat gozaban de predicamento. Cansados de la virtud, muchos de los convencionalistas se dejaron ganar o comprar.
“Fue así como el partido republicano conoció gran número de deserciones, escribe Thibaudeau en sus ‘Mémoires ’, pues unos hicieron concesiones y otros se vendieron totalmente al realismo”.
El lujo y el impudor, las extravagancias de las preciosas y de los pisaverdes, es decir, una minoría rica y ociosa, chocaban con el conjunto de la población, vinculada a las costumbres tradicionales, escandalizando a una minoría política que había permanecido fiel al ideal republicano. El contraste entre la horrible miseria de las masas y la riqueza escandalosa de una minoría subrayaba aún más el aspecto social de la reacción. Se acentuó la hostilidad que cada vez era mayor según aumentaba el hambre y el invierno avanzaba.










